martes, 7 de octubre de 2008

¡Vaya día!

Primero incapaz de levantarme de la cama por pura pereza, luego las correspondientes prisas y carreras para llegar, una vez más, tarde a la oficina -lo que pasa es que aquí no le importa a nadie porque luego salgo más tarde y hago lo que tengo que hacer. Al menos hasta la fecha, nadie me ha reprochado nada-

Me han ido cayendo marroncillos hasta que ha llegado una señora solicitud de trabajo serio, pero yo estoy ya saturada de curro y se supone que tenemos un consultor así que igual hay que pedirle un presupuesto para que trabaje él en eso y yo dedique mi tiempo a otras cosas no menos importantes-.

Concentré todas mis ilusiones en la clase de dibujo. Cuando por fin llegó la hora de partir cogí mi bici, mi chaleco reflectante y ¡carretera! Cuando ya estaba casi llegando empezó a llover un poquito. Prevenida yo, llevaba conmigo en la mochila a mis hijos gemelos, los pantalones impermeables, pero como ya estaba casi llegando decidí no parar a protegerme.

Resultado: estaba mucho más lejos de lo que yo pensaba. Es más, me equivoqué de parque así que me perdí. Para cuando decidí dejar de pedalear porque ya sabía donde me encontraba -a tomar viento de donde yo quería, por supuesto- estaba calada desde la mitad del fémur hasta el dedo meñique del pie, pero había que ir a dibujar.

Cuando llegué al centro cívico en cuestión, esta vez sí, al que tenía que ir, el edificio donde se imparten las clases estaba cerrado. ¡Cerrado! Llegué 15 minutos más tarde de lo que debiera, pero... ¿era yo la única alumna? ¿qué pasaba? Entré en el otro edificio, derecha a la secretaría, donde me dijeron que no, que las clases son los lunes, no los martes.
- ya, pero el profe me llamó y me dijo...

Con la moral por los suelos (sigo convencida de que me dijo martes entre las seis y cinco y las seis y diez) emprendí la vuelta a casa, aquí las lluvias son intermitentes así que me cayó otro aguacero, pero ya no me importaba, una vez en casa me daría un baño de agua caliente.

Al llegar a mi baño, he descargado toda mi rabia contra una araña que paseaba por las baldosas, muy pegadita al rodapié, con el resultado que todos esperáis: zapatazo. Y a continuación he pasado 45 minutos con la cabeza sumergida en la bañera. En ese tiempo he tomado la determinación de no cocinar esta noche porque tal y como ha ido el día, fijo que me corto un dedo.

-la paya-

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