viernes, 12 de octubre de 2007

Un marco incomparable




Esto lo escribí hace tiempo, pero aún no había sacado un ratillo para publicarlo, así que aquí va mi marco incomparable:

"Fue el último día de nuestra estancia. Queríamos llegar al aeropuerto con tiempo suficiente para poder llegar a Atenas sin complicaciones, de donde debíamos coger ya vuelos a diferentes destinos para la separación definitiva que daría fin a nuestro viaje.

En una isla tan pequeña como la de Híos -Grecia- el aeropuerto es minúsculo. Una única puerta de embarque, dos mostradores de facturación inmediatamente antes de ésta y un control de rayos equis que podía evitarse, simplemente, pasando por el otro lado de la columna.

Una vez facturado el equipaje nos enfrentábamos a una espera relativamente larga, y no todo el mundo había dormido esa noche. Pese a ser tan pequeño el aeropuerto simbolizaba, como cualquier otro aeropuerto, la interminable espera de lo que se acaba, así que salimos de allí. El aparcamiento no era mucho más reconfortante pero a la derecha, al otro lado de la carretera, se veía el mar. Estábamos en la costa del Egeo, en la mismísima costa, sólo separada de nosotros por una carretera.

Aún era de noche, pero comenzaba a clarear y fue entonces cuando me di cuenta... ¿Dónde estará el este? miré de nuevo al mar y recordé que lo que se veía al otro lado era la costa de Turquía. No me lo podía creer, !íbamos a ver un amanecer único!

Cruzamos al otro lado y nos sentamos en un banco, con los pies en la costa, a dos metros de la orilla del mar y esperamos. Esperamos a que el primer rayo de sol apareciese sobre la costa turca. Al fondo las luces de la ciudad de Izmir, las mismas que veíamos por las noches desde el hotel... Vamos, un marco incomparable, sentados en los confines de Europa viendo como un sol que salía de Asia iluminaba nuestro día."

-la paya-



El sentido común

Se dice, no sin razón, que el sentido común es el menos común de los sentidos. Pongamos un ejemplo: tengo una contractura muscular de tanto darle a la tecla de la computadora. El miércoles no podía mover el cuello ni el brazo derecho y me mareaba -literal, que no literariamente- de dolor con ciertos movimientos. En estas condiciones me fui a un médico que me dijo que estaba fatal, y pasó a recetar fármacos: me recetaron un relajante muscular, el myolastan, que son unas pastillitas aparentemente inofensivas, de 50mg, pero con una dosis se podría dormir a un elefante, igual es el principio activo de los dardos tranquilizadores... Bueno, supongo que la gravedad del asunto lo requería y que el médico fue diligente en su intento por curarme.

Por supuesto me recetaron también un antiinflamatorio y claro, como estas cosas son una bomba para cualquier tipo de estómago... pues me lo recetaron en supositorios. El caso es que no me dí cuenta hasta que eché a andar de camino a la farmacia más próxima... en supositorios... ¿y cómo coño me voy a poner un supositorio si no me puedo mover?

Dejo la pregunta en el aire, por si alguien encuentra una solución digamos... RAZONABLE.

Saludetes y bienvenidos al mes de octubre,

-la paya-