Parece que las nubes han levantado y mi sobrero de amparo vuelve a estar sobre mi cabeza. Lo que había perdodo durante estas semanas lo encontré ayer sin querer: la habilidad de reirme de mí misma. Y creo que es esto lo que me hace feliz y, al mismo tiempo me permite disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, que son las que, poco a poco forman el todo.
El jueves seguía yo cavalgando entre la tristeza y la dejadez cuando mi cuerpo habló y dijo: "cordero". Ni corta ni perezosa me fui a un libanés que hay cerca de la oficina y me metí un platazo de cordero con arroz de no sé qué tipo, pan libanés, guindillas y cebolla por 4.5 libras de esos que no se salta un gitano. No sé si ha sido eso lo que me ha dado toda la energía que ahora chorrea por todos mis poros, pero al día siguiente volví mágicamente a ser una amparo. De hecho me levanté por la mañana y en vez de pasar por la cocina para comprobar si hay café echo o no (maniobra diaria) me fui al salón y abrí la persiana... os parecerá una variación ridícula, pero justo después me duché y cuando llegué a la cocina y ya tenía la leche caliente, me di cuenta de que la cafetera estaba vacía... no os podéis hacer una idea de la mala leche que me entró. Después se me ocurrió la brillante idea de sumergir una bolsa de té en la leche resultando una especie de papilla blanca con sabor semi dulzón que mezclado con las galletas digestive... pues no constituyen el mejor desayuno que haya hecho en mi vida. Vamos, ni de lejos.
El caso es que cuando empezé a pedalear me entró la risa floja. ¿Cómo se puede ser tan amparo en la vida? y a partir de ese momento mis hormonas de la alegría empezaron a liberar la sustancia correspondiente y aún sigue así que, ¡que dure!
-la paya-
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