Hace unos días alguien me preguntó en la oficina si me sentía orgullosa de la actuación del equipo olímpico de este, el país en el que paso mis días... La pregunta era seria, luego surgieron las bromas, primero porque pregunté si el simple hecho de posar los pies en Inglaterra, te hace ser Británico automáticamente, la respuesta fue "por supuesto que sí". El irlandés estaba también presente y se dirigió a mí para decir a viva voz: "es por eso que yo vine en barco"...
Pues no, yo no soy Británica, ni Inglesa, ni ganas que tengo. Y este hecho me permite darme libertades como: quejarme abiertamente en público sin pasar ningún tipo de vergüenza. Hoy he ido a una piscina, me dejé llevar por el holandés ha un lugar que él conocía, pequeño, en un edificio lindo... me dieron una fotocopia de los horarios porque tienen un montón de cursos de natación y actividades acuáticas diversas así que la piscina sólo está disponible durante algunas horas. Como a mí me apetecía mucho nadar, pues decidí ir a otro sitio que hay más o menos cerca de mi casa.
La primera impresión ya era para echar a correr (al menos yo, que en mi vida he pisado un gimnasio y me dan cierto repelús...). Éste no era sólo un gimnasio inmenso con gente entrando y saliendo continuamente, sino que tenía una recepción con gente uniformada, unos tornos, todo con un acabado perfecto, el parqué recién pulido, con una música horrible... deberían advertirlo en la puerta: sólo para pijos...
No importa, que me den información no me va a hacer daño... todo sea por un chapuzón. Me acerqué pues a la recepción y tras una espera relativamente normal una señorita tomó mi nombre y me pidió que tomara asiento, que vendría alguien a contarme como funcionaba todo. Cuando recogieron al tipo que estaba delante de mí, lo ví aún más claro: este no es el tipo de sitio al que me gustaría ir de vez en cuando. No sé si fue mutuo, pero a ellos tampoco les gustaba yo (sólo porque esta mañana me he levantado dormida y he llegado a ponerme unas zapatillas beige, con un pantalón marrón, una camiseta gris, un jersey de pico verde pistacho un poco fosforito y un abrigo de un azul claro muy difícil de definir), el caso es que nadie vino a recogerme. No sé exactamente qué hubiera hecho un inglés (estoy rezando porque no sea lo que hice yo...).
Se me subió toda la mala leche que tenía y empecé a mirar mal a todo el que tenía la camisa roja con el emblema del gimnasio. Efectivamente, no iba a venir nadie a por mí así que esperé a que en la recepción hubiera tres personas libres sin hacer nada, incluida la que me atendió... me levanté del sillón, me acerqué de nuevo al mostrador y con cara de pocos amigos y toda la poca amabilidad que pude (no es bueno no dominar el idioma en estas situaciones, porque da mucho menos juego) y le pregunté si había alguna santa forma en aquel sitio de conseguir información. Entonces la chica me reconoció (no sé si a mí o a mí jersey) y llamó por teléfono a otra persona, que apareció en los siguientes 20 segundos (vamos que estaban ocupadísimos jugando a las cartas en alguna sala de brillante parqué)...
-la paya-
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