martes, 10 de junio de 2008

5 horas con Robin

Para completar un fin de semana de aventuras según me levanté el domingo decidí que hacía un día precioso para irse de excursión así que agarré el bolso con unos pañuelos de papel, unos tampones y un par de libillos y emprendí camino a Nottingham.

Como buena amparo que soy, no pude coger el primer tren de la mañana (a las 11.30) así que tuve que esperar una horaza y cuarenta minutazos para coger el siguiente. Eso me hubiera dejado mis cinco horitas de paseo y disfrute con Robin Hood. Por supuesto que la cosa se torció. No voy a entrar en detalles, pero el tren iba muy despacito hasta que dejó de ir, vamos que se paró, y fuimos remolcados por otra locomotora hasta Nottingham, donde desembarqué a las cuatro de la tarde.

Esta vez iba más que preparada y tenía una idea medianamente clara de lo que quería ver así que me precipité, sin pensarlo dos veces al castillo. Llegué a la taquilla con cara de pena y desesperación, sudando cual pollo y le pregunté a la chica, con todo el dolor de mi corazoncillo, al borde casi de las lágrimas si aún se podía entrar en el castillo a lo que me dijo que sí, claro, y que además a esas horas era gratuita la entrada. Lo que apenas compensa todo lo que no pude ver, porque cierran a las 5 así que después me dediqué a pasear por la ciudad.

Pese a todo y porque soy un poco amparo y paso de ir por la vida estilo japonés (no, tampoco llevaba cámara) he disfrutado de medio día agradable y está finalizando en un bar (no esperábais menos, supongo) con una señora pinta de esas que a mí me gustan (libreta en mano). Y no es un bar cualquiera sino que estoy al ladito del canal. Tan cerquita que estoy viendo, por primera vez en mi vida las famosas exclusas en funcionamiento.

¡Dos barcos, dos! como no las había visto nunca en acción, me ha tocado ración doble! ¿tendré que pedir otra pinta a ver qué más pasa?

-la paya-

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