martes, 6 de octubre de 2009

Moralizandome a mí misma

Soy boba. Yo pensaba que no juzgo a la gente... ¡ay, ilusa de mí! Hoy se está celebrando una reunión de accionistas en mi empresa. Como somos pocos y la oficina no es muy grande, pues no hay forma de no coincidir con la plana mayor... pues bien, yo he cambiado mi hora del café para no coincidir con ellos, simple y llanamente porque son los ricachones... y esto no es sólo juzgar sino además prejuzgar, a alguno ya me lo había cruzado la otra vez que estuvieron aquí.

Yo sé que estoy exagerando, que la cosa no es tan terrible, que se junta con que ellos son los dueños de la empresa y yo una trabajadora normal y corriente y que aunque yo me cruce con ellos, me van a ignorar porque tienen muchas cosas en que pensar (entre las cuales, por supuesto no se incluye mi humilde persona -esto es sólo porque no me conocen, si me cononciesen no podrían pensar en ninguna otra cosa). Eso que no los discrimino porque sean ricachones sino por las circunstancias... (no soy yo señor juez, es la sociedad, que me impone costumbres).

Y así mientras escribo y pienso a la vez, me viene a la cabeza que a uno de estos me lo crucé una vez en la calle (en la calle de la oficina). Yo bajaba del autobús y él estaba en la misma acera, no sabiendo por dónde cruzar. Imaginad la escena, una calle en un pueblo, donde los únicos que van con traje son los que trabajan en la oficina local del banco de la esquina. En esta calle aparece un tipo de cincuenta y tantos con el pelo blanquísimo pero bien puesto, con un traje de los que te quedas mirando porque no has visto nunca (no sé cómo explicarlo, a mí todos los trajes me parecen iguales, pero cuando llega uno de estos que sigue siendo oscuro, pantalón y chaqueta sin estridencias, normal... pero que no es normal, que sabes que es diferente) y un maletín discreto, pero que también llama la atención... (parece que estoy inspirada en la tarea descriptiva...).

Y yo que bajo del autobús, lo veo y lo miro (porque está fuera de contexto). Miro a derecha e izquierda para comprobar el tráfico (porque hay que cruzar y no hay semáforo). Ya que miro a tantos sitios le vuelvo a mirar, porque parece super perdido. Él me ve, sabe que voy a cruzar. Yo (por supuesto, con vaqueros y sudadera) vuelvo al tráfico y otra mirada al paisano (con curiosidad, pensando que quiere ir al banco de la esquina). Al final cruzo, y el se aventura a la vez que yo... Paso el banco de la esquina, avanzo un poco más, llego a la puerta de la oficina que es de cristal y le veo detrás de mí... un minuto después aparece en la oficina me dice hola (y lo mismo con el resto de los presentes) y tras desaparecer el hombre, mi jefe me comunica que es uno de los accionistas y que hay junta en la oficina...

Yo no le dije esto a nadie, pero ahora me río, porque me estoy poniendo en la situación de su cerebro en ese momento, que no se atrevía a cruzar la calle porque es francés o suizo o qué sé yo y el taxi le dejó en el lado que no era... jejeje, se puede ser ricachón y amparo, jejeje. Siento la ida de olla, que no voy a releer antes de publicar, para que vayáis viendo cómo mi cerebro encadena pensamientos...

-la paya-

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