jueves, 8 de octubre de 2009

Discusiones

Yo esto ya lo sabía, pero nunca lo había tenido tan claro como para escribirlo. Odio discutir. Y el odio se incrementa cuando veo que no va a servir para nada. En este momento abandono la discusión. Es algo a lo que me acostumbré de pequeñita, es más, uno de mis más gratos recuerdos de infancia es el día que descubrí que yo no tenía porqué presenciar discusiones en casa, que no sólo podía moverme a otra habitación, sino además cerrar la puerta tras mis pasos para amortiguar el ruido. Lo que me lo ha recordado ha sido una discusión matutina.

El contexto:
Anoche, mi compi Sordo (por ponerle un nombre) y yo recibimos un correo eletrónico del jefe supremo diciendo que tiene un problema y que agradecería que alguien arrojase alguna luz sobre el tema.

Mi reacción:
He leído el correo, lo he releído, he accedido a los documentos remitía, he comprobado que lo que decía era correcto y que el problema existe. A continuación he investigado quien es el responsable del problema (Sordo). A continuación he pensado cómo evitar, solucionar o minimizar el problema.

La reacción de Sordo:
Aparentemente, ninguna.

Dejo pasar un rato mientras hago algo más a ver si a) se me ocurre algo mejor o b) Sordo da señales. Nada (y nada quiere decir que ni lo uno ni lo otro). Me he desplazado hasta el sitio de Sordo y le he preguntado si había leído el correo y a continuación he intentado explicarle qué haría yo. Sordo (un nombre muy apropiado) no me ha oido, perdón, no me ha escuchado y lejos de dejarme terminar la explicación ha comenzado a decirme que si tal o que si pascual. He hecho un segundo intento resultando en el mismo tipo de argumentos. Bueno, en realidad no estoy segura del segundo tipo de argumentos, porque he sido yo la que ha desconectado la entrada de audio y he subido el volumen de mis pensamientos (esto no va a llegar a ningún lado). He intentado retirarme "me lo voy a pensar" y ha seguido arrojando sonidos (lo sé porque seguía moviendo los labios, yo seguía sin conectar el audio). Yo me he mantenido en mis trece otras dos veces más "me lo voy a pensar" (cada vez más enfadada conmigo mismo porque el problema lo tienen ellos, y yo aquí ni pincho, ni corto, ni puedo decidir nada).

Un poco después, cuando la ridiculez de mi enfado disminuyó y pude disfrutar de esa maravilla llamada silencio, escribí un correo a Sordo (que no ciego) y al supremo con tres sugerencias de como solucionarlo y un "elegir una de estas o cualquier otra opción que se os occurra es exclusivamente asunto vuestro, pero necesito la decisión por escrito. Algo que Sordo ha aplaudido (se hubiese ahorrado cuerdas vocales con sólo escuchar...).

Mi lección del día es no tomar personalmente este tipo de discusiones, creo que es por eso por lo que me enfadé tanto conmigo misma, porque yo me la he llevado por meterme en un terreno no especificado en mis obligaciones laborales, y, encima que me meto a arreglarlo (esta es la actitud personal erronea, debía ser que pensé que era mi trabajo mediar en el asunto y me equivoqué), pues zas...

-la paya-

1 comentario:

  1. Jo, a ver si me sale el comentario.
    Bueno, te digo, que visites www.dilbert.com
    Lo mismo te relaja...

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