Este fin de semana lo he pasado a mis anchas, sin quedar con nadie y sin ir al cine, es decir, sin horarios. Por primera vez desde hace mucho tiempo me he despertado y me he quedado en la cama leyendo un libro; he cocinado primeros y segundos platos (a vosotros os parecerá lo más normal del mundo, pero yo casi he perdido ya la costumbre); me he echado la siesta un día, una de esas super pesadas de las que, una vez despierta, te impiden saltar del sofá y tienes que tirarte al suelo rodando a ver si consigues espabilar...
A lo que iba: he ido, he vuelto, he hecho y he deshecho a antojo desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche. Y tanto lo he disfrutado que no me quería ir a dormir el domingo para que no terminase... es cruel decirlo, pero es la cruel realidad. Yo sabía que en el momento en que me metiese en la cama, "mi libertad" se acababa y, lo que es peor, que cuando abriese los ojos iba ya a ser lunes...
-la paya irracional-
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