Porque ayer hizo un día español. Vale, confieso que fue sólo un rato... Ayer, a medio día, lo que aquí ya laman "tarde", salió el sol. Pero no unos rayitos aislados, sino un sol radiante, de los que calientan con ganas.
En esos momentos yo siempre me alegro de llevar conmigo la mochila de supervivencia así que salí de la oficina, me monté en la bici y ¡ale! a disfrutar del paisaje. Elegí volver a casa siguiendo un sendero a la orilla del río y más o menos amedo camino había un banco vacío. Allí heché raíces.
Lo primero, el avituallamiento: un plátano que me supo a gloria y después observación, paz y tranquilidad. Un rato después del encuentro con mis pensamientos, saqué un librillo que meto y saco de la mochila todos los días y a ver si me acuerdo de lo que es seguir las líneas con la mirada al aire libre.
Los aterrizajes y despegues de los patos y algunos caminantes y ciclistas desviaron mi atención al principio, pero una vez quitadas las zapatillas y adoptada una postura cómoda en el banco, las letras se fueron apoderando de me mente hasta absorverla por completo.
Ahí estaba yo, recorriendo el corazón de Oklahoma a principios del siglo XX cuando un tipo comenzó a gritar: ¡Jacob! ¡Jacob, ven aquí, deja esos zapatos! y entonces sentí al perro bajo mi banco... afortunadamente el dueño fue más rápido que el pero, el cuál sólo se acercó a olisquear. Bueno, eso, o que me huelen los pies (mal) y Jacob salió pitando... El caso es que pude volver a casa caminando con los pies cubiertos y pedaleando el último tramo sin clavarme los picos de los pedales en la planta del pie.
-la paya-
PS: las desventajas del buen tiempo es que hoy también ha hecho bueno y mi jefe ya no corre en gimnasio sino al aire libre... no, no tenemos duchas en el edificio.
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