sábado, 24 de febrero de 2007

el apasionante mundo de los caseros

No sé cómo lo llevará el resto del mundo pero a mí hay cosas que me sacan de mis casillas, y mi casero tiene papeletas por un tubo. Vivo en un piso alquilado por habitaciones de forma que, si alguno de los inquilinos se muda, nuestro alquiler no cambia. Como os podéis imaginar uno de mis compañeros se muda con lo que el casero ha puesto un anuncio en los medios que corresponda, dando su número de teléfono. Hasta aquí todo normal. Ayer me llamó un tipo para ver el piso (como ya ha ocurrido más veces); como somos nosotros los que vivimos en el piso y no el dueño, lo enseñamos nosotros cuando estamos, si es que estamos.

Pues bien, yo quedé con el chico que llamó a las 20.30 y, a las 19.30 llaman abajo "¡soy el casero!" (por no citar nombres) y sube el tío tan pancho con otro chico para ver el piso. A mí me parece estupendo que él quede con gente para verlo, ¡pero que avise con tiempo, coño! Estábamos los cuatro de tertulia en el salón, yo en la mesa, con un té calentito y naranjitas para paliar los efectos de un indeseado catarro, una de mis compañeras sentada conmigo en la mesa y los otros dos en el sofá, charlando los cuatro tranquilamente hasta que, conocida la noticia de la visita, el silencio y la perplejidad se adueñó de nosotros.

Entró en casa, le enseñó el piso y estuvo un momento hablando con él en el hall. Llaman al timbre, él abre y aparece su mujer (no pienso hacer descripciones...). Al rato nuestro querido casero se despide del chico y vuelve al salón, como si fuera su casa, ¡ole tus huevos!

Ni que decir tiene que ni rita se levantó para saludar, casi diría que no levantamos ni una ceja. El tío se sentó en un sillón (su mujer permanecía en pie ya que nadie le había ofrecido asiento, aunque posteriormente decidió imitar la posición de su marido) y nos explicó que ya que el otro chico venía a las 20.30, pues que le iban a esperar. Nadie dijo nada, pero se hizo bastante patente que no teníamos ni el más mínimo interés en que se quedaran con nosotros, que nadie les había invitado. Supongo que el hecho de que yo estuviera, tranquilamente tomándome mi té hirviente sin hacer ningún ofrecimiento, les animó a cambiar de opinión.

Dijeron bajaban a por una caña rápida y que nos invitaban a todos si queríamos (todos, con mayor o menor educación, rechazamos el "ofrecimiento") y aprovechamos su corta ausencia para ponerlos de vuelta y media porque esto no es normal, ¿no?

NOTA: nuestro querido casero ha sido definido como "cacique" y ha intentado convencer a ambos visitantes apremiándoles a tomar una decisión definitiva "porque a mí me llaman entre 16 y 20 personas todos los días". Hoy ninguno de nosotros ha recibido noticia de que vayamos a tener nuevo compañero, todo será que el jueves se presente alguien en casa... porque sí.

- La Paya -

No hay comentarios:

Publicar un comentario