lunes, 9 de julio de 2007

El mordisco de la langosta

Hoy he visto, en el cuarto de baño del edificio en el que me encuentro una señora langosta. Me he quedado paralizada nada más verla. Unos microsegundos más tarde he cerrado la puerta (por dentro) y he pensado que podría ser un bicho listo que ha conseguido escapar de las zarpas de los zoólogos que campan en este edificio. Luego me lo he pensado dos veces y he decidido que no tenía la más mínima intención de mear en presencia de un animal de ese tamaño. A continuación me he mirado los pies, y digo pies porque hoy he venido en sandalias con lo que no me apetecía pisarla, he buscado con la mirada algún arma ofensiva que pudiera server a mis propósitos... ahí estaba, una escoba. Me ha costado dos intentos pero ha sido una venganza por un episodio que sucedió un verano como este, pero ya hace unos años.

Iba yo conduciendo un coche por una zona de cultivo de cereal en la provincia de salamanca cuando algunos insectos grandes y extraños comenzaron a chocar contra la luna delantera, a penas dos kilómetros después entré en una nube de langostas y no es que estuviera en medio del campo de cereal, no, estaba en carretera. Llegué a mi destino y miré alguno de los ejemplares, aún vivos que habían quedado por todo el coche, nunca había visto unos "saltamontes" tan grandes.

La visión se convirtió prácticamente en terrorífica cuando, al día siguiente moví el coche del lugar en el que lo había dejado aparcado y, en el suelo había más de 50 ejemplares muertos (supongo que los que se metieron, durante mi viaje, en los bajos del coche o cualquier otro resquicio). Aproximadamente una semana más tarde cambié aquella residencia de verano para volver a mi hogar, recogí la mochila del maletero, dehice el equipaje, etc.

Dos o tres días más tarde, mientras dormía, oí un ruido extraño en mi habitación pero no le presté mayor importancia hasta que, tras los acontecimientos que tuvieron lugar la noche siguiente comencé a atar cabos (los cabos del miedo). Yo estaba dormida y me despertó el mismo ruido que la noche anterior, esta vez presté un poco más de atención, esperé un rato a oscuras y con las orejas desplegadas. Volvía a oirlo, di la luz y me levanté a ver qué era... no conseguí ver ni oir nada más así que volví a la cama y no sin esfuerzo, me dormí de nuevo. Y en estas estaba cuando noté dolor en el codo, ¡ay!, apresuré la otra mano al lugar y chocó con algo extraño. Con el corazón en la boca di la luz y puse todos mis sentidos hacia donde pensaba había salido despedido lo que fuese... a estas alturas sabéis de sobra que era una puta langosta, ¡y cómo saltaba la tía! tuve que recurrir al truco del almendruco: quitarme la camiseta y tirarla sobre el bicho para propinarle unos puñetazos. No fue suficiente, seguía viva y muy entera así que volví a taparla con la camiseta, me enfundé las chanclas y me hice un zapateado, que ni Sara Baras.

Sigo pensando que las langostas no son carnívoras, ahora, si llevas una semana encerrada en una habitación de un piso en plena ciudad... fijo que le hincan el diente a lo que sea. Yo debía ser su única esperanza de supervivencia, pero le salió el mordisco por la culata.

-la paya-

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