Es bien conocido el efecto del verano en la dieta de algunas personas. Y no me refiero, precisamente, a que con el calor que hace en ciertas regiones de este país se cambien las sopas de ajo por el gazpacho. Sin embargo el verano está finalizando -como bien dice Enriqueta- y esas alteraciones en la dieta no terminan. Hace una semana asistí a un curso de verano en compañía de otras 28 personas; era un curso intensivo en el que desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos, divididos en grupos pero alternándolos para intercambiar opiniones con todo el mundo. En esa semana he descubierto -simple observación- a dos personas con trastornos alimentarios y uno de ellos bastante grave.
El más "normal" era una chica, llamémosla SM, que sólo comía ensaladas porque decía que con eso tenía suficiente. En una de las comidas nos sirvieron un plato de carne que SM ingirió en siete microsegundos. Ocho o nueve horas después sirvieron la cena y no comió absolutamente nada, supongo que con unos terribles remordimientos por el "atracón"... (hubo muchas más demostraciones de esta culpabilidad).
La otra mujer, que ya tenía cierta edad, bebía mucha agua, comía poco y desaparecía misteriosamente después de las comidas... Accidentalmente descubrimos que iba al baño a vomitar lo poco que había conseguido tragar.
No sé ccomo ni porqué se producen estas cosas y supongo que no es fácil evitarlas. Ninguno de estos dos casos coincide con el perfil en el que se centran nuestro políticos, esos adolescentes fácilmente influenciables por la televisión y a los que hay que proteger de anuncios con modelos de cuerpos esculturales... No sé muy bien cual es el problema pero hay algo en este mundo que no funciona bien, las piezas no encajan y nos estamos volviendo, literalmente, locos.
-la paya-
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