Ya lo estoy viendo, y es que las cosas van a más, ¡cada vez soy más amparo! Lo digo como reproche, pero al mismo tiempo me daría pena dejar de serlo, que todo saliera siempre bien y no poder reirme de mí misma y de mis grandes amparadas.
Creo que os voy a contar dos en una. Hace unos días vino a verme un amigo :) Los últimos comunicados entre nosotros fueron dados por correo electrónico y bastantes prisas por exceso de trabajo en ambos países. Yo le iba a recoger al aeropuerto, a apenas 20Km de mi alojamiento veraniego. Como la distancia lo permitía salí de casa con el tiempo justito y cuando estaba aparcando el coche recibo un mensaje suyo que dice "ya estoy aquí". ¡Qué bien, lo he calculado a la perfección! pero entro y no veo a nadie... bueno, el avión acaba de aterrizar así que espero, pacientemente a que salgan los pasajeros. Miro cara por cara ya que salen con cuentagotas pero él no aparece, me armo de paciencia y nada, comienza la desesperación e intento asomarme a ver si consigo ver la cinta de maletas -es un aeropuerto chiquitín-, el horror se pasea por mi mente, ¡no está ahí!. Se masca la tragedia... envío un mensaje pidiendo confirmación de mis sospechas y la respuesta es, como no podía ser de otra forma, que estamos en aeropuertos diferentes ¡a 200km de distancia!
Casi me muero de angustia, ¡cómo se puede ser tan amparo! en fin, el resto de la estancia no tuvo grandes sobresaltos aunque sí anécdotas bien simpáticas que voy a omitir para no extenderme demasiado. Paso directamente al final del viaje: fui a llevarle al aeropuerto, esta vez sí, al que era, no os vayáis a pensar, facturó con tiempo y como sobraba nos tomamos un café en la típica cafetería impersonal de aeropuerto y ahí me entró la pena, pero toda de golpe... se me anudó la garganta y ya no pude emitir ningún sonido. Con buen juicio, decidió que diésemos un paseo por fuera -a 42 grados-, que me acompañaba al coche y luego volvía.
Imaginaos la escena: yo me eché a llorar. Desconsolada y completamente descontrolada, lágrimas silenciosas que caían sin cesar. Me abraza y ahí nos quedamos un rato, yo aún llorando, fundidos en un adiós... pero esto acrecenta el sentimiento de pérdida, ¡se va! -y lo que es peor, yo me quedo....- con lo que mis incesantes lágrimas comienzan a ser acompañadas por sollozos, intentos infructuosos por tratar de respirar entre tanto moco. El pobre ya no sabe qué hacer, ni besos, ni abrazos pueden evitar el derrumbamiento. Palabras de consuelo como volveremos a vernos pronto, no hacen más que empeorar la situación así que nos separamos. Yo me doy la vuelta para meterme en el coche, sin querer mirar atrás porque sé que él sí, sigue mirándome y de hecho debía estar caminando hacia atrás porque tropezó con un carrito de maletas que alguien dejó en el aparcamiento, al lado del coche... sí me dí la vuelta y me dió tiempo a esbozar media sonrisa -que en otras circunstancias, ahora, por ejemplo, hubiera sido carcajada pública- antes de volver de nuevo al desamparo.
En fin, él se fue, yo entré en el coche y, viendo que no podía -ni podría en un tiempo prudencial- serenarme, arranqué el coche y salí de allí. Estuve llorando sin cesar durante más de 100Km, tratando de seguir mi rumbo, leyendo infinidad de carteles borrosos por las lágrimas. Después seguí llorando un buen rato más, pero ya de forma intermitente. No quiero imaginarme la cara que debía tener cuando salí de la autopista para que el hombre que estaba en la caseta del peaje añadiese a mi cambio un caramelo. ¡Gracias!
-la paya-
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