Y es que ya ha llegado el verano, pero aún hay locales en los que no parecen haberse enterado. El sábado salí de fiesta y en el segundo bar en el que entramos no había ventilación (de ningún tipo). Tuve el tiempo justo para entrar, llegar hasta la barra, pedir una ronda a un sudoroso camarero que trataba de disfrutar de su trabajo en los dos metros cuadrados que tenía de espacio y repartir las consumiciones. El calor lo venía sintiendo desde hacía rato, pero la cosa se incrementó en ese momento, comencé a tejer la tela de araña que impidiera que cayese al suelo redonda y desmayada por el calor y la falta de oxígeno. De camino a la escalera -que conduciría al aire "fresco" del exterior- mis ojos distinguieron, entre puntos amarillos y negros, un sillón. El resto del cuerpo no lo dudó, mi oido ya no funcionaba y mis pies me guiaron -sujetándome con las dos manos a las paredes- hasta el mueble salvador. Segundos después apareció un abanico, ¡puff! estuvo cerca...
Para todos aquellos lectores que piensen que el efecto era debido mayoritariamente a las copas he de decir que tomé una caipirinha en el bar anterior y que acababa de salir de casa después de cenarme un suculento pez al horno. Además he de decir que cuando recuperé energía suficiente para salir del lugar en cuestión... todo volvió a la normalidad -salvo la vergüenza de haber dado el espectáculo- y el bochorno diurno se convirtió en una agradable lluvia nocturna, bajo la que vivimos la gran aventura de conseguir un taxi, pero eso ya es otra historia.
-la paya-
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